Francisco Javier Ángel, propietario de una finca en Jardin, Antioquia, Colombia, en reciente entrevista le comento a Gustave Axelson, “Veo una oportunidad en el café”!
Cafetos
en las laderas de las montañas
Hay más de 20
restaurantes y cafeterías en la plaza —pintada de colores pasteles— de Jardín,
un pintoresco pueblo colombiano en Antioquia, en la parte norte de los Andes.
Elegí uno, me puse cómodo
en una mesa de madera pintada de color azul eléctrico y pedí un café negro por
800 pesos, cerca de 25 centavos de dólar. Era lunes en la mañana y los paisas
estaban socializando. Algunos parecían ser amigos y familiares que charlaban y
reían bajo la sombra de una iglesia. Algunos me dijeron que eran tenderos que
disfrutaban de un día libre después de pasar un fin de semana largo atendiendo
turistas. En la mesa del lado, un campesino se relajaba con su sombrero sobre
el rostro y su silla recargada contra la pared.
Una cafetería cerca del parque
Si
hubiera estado aquí durante la temporada de cosecha, habría visto a
propietarios de fincas afuera de la sucursal de Bancolombia con bolsas de
efectivo, rodeados por policías que brindan seguridad a los trabajadores que
llegan a recibir su pago. Los sábados por la noche, esta plaza es una cacofonía
estridente de la música de las discotecas y campesinos que pasean por el pueblo
montados en caballos de exhibición; aún entonces hay cafés entre las cervezas
sobre las charolas que las meseras llevan por las mesas.
El café es parte de la esencia de Jardín: la
economía local que conforma una identidad cultural. Cuando llegó mi tinto, fue
fácil ver por qué: el sabor era fuerte y robusto, fluía directamente de los
granos y no de una capa quemada después de tostarlos. Le di otro sorbo a mi
pequeña taza y me percaté de todas las personas que bebían café a mi alrededor;
no había ningún termo ni vaso de papel. Nadie bebía su café para llevar. Todos
se sentaban, sorbían, disfrutaban. Por eso vine: para dar rienda suelta a mi
amor por el café. Jardín es un lugar perfecto, situado en el corazón de un
cinturón del café en el suroeste de Antioquia, el productor más grande de los
32 departamentos de Colombia.
En los noventa, un
colapso en los precios del café fue un golpe fuerte a la economía de Colombia.
La mitad de su mercado de café se desvaneció y miles de familias en regiones
cafetaleras cayeron en la pobreza. Como estrategia para el futuro, el gobierno colombiano
comenzó a fomentar y apoyar a fincas para cultivar granos de café de mayor
calidad que calificaran para mercados especializados donde los precios son más
altos y estables.
Un hombre a caballo
Jardín adoptó la
tendencia. La mayoría de los granos que se venden en el almacén cooperativo del
pueblo van directamente a Nespresso, la marca de lujo que vende cafeteras con
comerciales televisivos en los que aparece George Clooney. Aquí, las colinas
están llenas de fincas familiares que compiten entre sí para cultivar el mejor café.
Con la ayuda de un guía contratado —José Castaño Hernández, hijo de campesinos
cafeteros— estaba listo para ver de dónde venía la rica infusión de mi taza y
explorar el territorio del café en el norte de los Andes.
En la plaza, Hernández,
de 41 años, me recogió en su auto y condujo a través de un puesto militar de
control justo afuera del pueblo. Después de que los soldados nos señalizaron
que podíamos pasar, mencionó que tomaríamos la ruta pintoresca para visitar una
finca cafetalera a una altitud de 1800 metros sobre el nivel del mar. Con
pintoresco quiso decir que era una ruta ecuestre. En la ladera de la montaña,
se estacionó al borde de la carretera y nos reunimos con otro guía que tenía
caballos ensillados. El trayecto a través de un camino lleno de piedras fue una
serie de momentos impresionantes: vistas gloriosas del norte de Los Andes,
rayos matutinos del sol que atraviesan nubes que parecen algodón; a veces
pasaba algún tucán con su gracioso pico.
Después de algunas horas
nos detuvimos y amarramos los caballos; Hernández abrió la entrada de una cerca
alambrada. Era la puerta trasera de la Cueva del Esplendor. La entrada al
público de esta atracción turística es un estacionamiento al otro lado del
barranco, donde las personas dejan sus autos y caminan hasta la cueva. Desde
este lado, descendimos a rappel gracias a unos cables de alambre. En la parte
de abajo, entramos a una pequeña cueva con una cascada bañada por el sol que
salía del techo de roca… otro momento increíble.
Paisaje de los Andes
Después de otra hora a caballo,
era hora de almorzar en la finca, una simple granja cerca de la cima de la
montaña con paredes de estuco blanco y pintura azul. Ese mismo azul vistoso
acentuó el pedestal de un altar al niño Jesús, y también una cruz que estaba en
la bajada frente a una vista magnífica: más de una decena de cimas andinas
extendiéndose hasta donde llegaba la vista, con frondosos cafetos que cubrían
cada ladera.
Almorzamos en una mesa
que estaba en la entrada techada. El menú incluía huevos fritos con la yema
cruda; dos tipos de plátanos fritos: unos maduros y dulces, y los otros verdes
y en patacón; frijoles rojos, y chicharrón. Puse los frijoles en un tazón y
encima un huevo y varias cucharadas de una salsa picante. A la vuelta de la
esquina, los campesinos y sus familias se sentaban en otra mesa, una mezcla de
hombres, mujeres y niños que comían frijoles, huevos y chicharrón. Hernández
había pedido un almuerzo típico de la finca, y eso le dieron.
“Los colombianos almuerzan bien; es su comida
principal”, explicó cuando me preguntó qué me pareció la comida. “Trabajar la
finca requiere estar bien alimentado”.
Después de que recogieron los platos vacíos,
una mujer me sirvió una taza del café de la casa, el tinto. Sonreí y suspiré
con el sabor puro: tan terroso y abundante en mi paladar, pero a la vez limpio,
sin dejar sabor de boca alguno. Después, el encargado de la finca, Juan
Crisóstomo Osorio Marín, me pidió que siguiera un camino terroso que lleva a
las plantas de café. Marín dirige las operaciones de campo de la finca mientras
que su padre es el propietario. Llegamos a un lugar donde montones de bayas de
café de color rojo y verde brillante colgaban de cada rama. Son plantas
prodigiosas; cada una tiene el equivalente a 450 gramos de café molido y
terminado. Las bayas rojas de café, que parecen arándanos, estaban maduras y
listas para recogerse. Competí con Marín para ver quién recogía bayas más
rápido. Tras 30 segundos yo tenía 50 bayas en la canasta y Marín tenía más de
200. Me mostró que el truco es mover una mano por debajo de la rama mientras
despegas las bayas con el pulgar. Con un solo movimiento podía sacar 10 bayas o
más.

Bayas rojas de café
Durante la temporada de
cosecha, Marín, de 40 años, reúne varias canastas de bayas de café para obtener
más de 260 kilogramos diarios; lo hace en una ladera tan empinada que me
pareció difícil permanecer erguido. Otros familiares hacen lo mismo. El año
pasado, el padre de Marín, de 62 años, recogió más de 180 kilos en un día justo
después de recuperarse de una fractura que sufrió en la pierna mientras jugaba
fútbol.
Aun así, la producción
aquí palidece cuando se le compara con la de plantaciones cafetaleras
corporativas. La familia Marín enfatiza la calidad por encima de la cantidad.
Nespresso califica estos granos como Triple A, su clasificación más alta de
calidad y sostenibilidad.
Marín dijo que tres factores favorecían su
café: la altura, que tiene la elevación suficiente para mantener lejos las
pestes del café; la humedad, que se origina con las nubes que pasan y brindan
una fuente constante de humedad, y la tierra roja.
“¿Por
qué la tierra es tan roja?”, pregunté. Hernández me contó acerca de Nevado del
Ruiz, un volcán que está en el norte de los Andes y arrojó ceniza a través de
las cimas de las montañas.
“¿Eso es algo bueno?”, le pregunté a Marín a
través de Hernández.
“Sí, claro, claro”, dijo Marín, asintiendo con
la cabeza. La ceniza hace que la tierra sea rica y fértil. “Como una bendición;
la tierra es mejor aquí arriba.
La Cueva del Esplendor
De regreso en la finca,
me mostraron la despulpadora que separa los granos de la fruta (como quitarle
huesos a unas cerezas) y la parrilla de secado donde ponen los granos antes de
que los lleven a la cooperativa. Por 15.000 pesos (cerca de cinco dólares),
compré una bolsa de su café Triple A y le di las gracias a Marín por su
hospitalidad.
Durante el viaje de
regreso a Jardín, Hernández me dijo que, en sus siete años como guía, yo fui
apenas su segundo turista de cafetales. Todos sus clientes van a observar aves,
pero a él le gustarían mas viajes como este. El abuelo de Hernández
se estableció y comenzó la finca de café cerca de donde creció. Cuando ocurrió
la crisis de los noventa, sus padres se divorciaron y él abandonó la
universidad en Medellín para regresar a casa y ayudar a su madre a
saldar sus deudas. Fue durante este periodo problemático cuando Hernández
encontró su vocación como guía, un trabajo que le permite ayudar a que otros
entiendan el significado de la tierra que ama. Su madre aún está en la finca de
la familia, pero el café, como todo cultivo, es un negocio difícil, y él no
está seguro de que pueda continuar. “Las historias de estas colinas me dan
esperanza”, me dijo mientras recorríamos un camino terroso.
Hernández me dejó en la hotel donde me estaba
hospedando afuera del pueblo y me dijo que regresaría en un par de horas. A las
18:00 me recogió para cenar en otra finca, que también está en las colinas,
rodeada de follaje.
En la finca, una familia
salió a la puerta —padre y madre con un hijo pequeño y una bebé— para saludarme
con calidez; yo era el primer estadounidense que visitaba su casa (los suizos
de Nespresso ya habían estado ahí). El propietario de la finca, Francisco
Javier Ángel, sonrió y nos dijo que pasáramos a la mesa del comedor en la
terraza al aire libre. Un solo bombillo en el techo atraía a las polillas y
otros insectos del bosque, y a veces chocaban con mi cabeza mientras giraban en
torno a la luz. Pero no había mosquitos, otra ventaja de la altura de la finca.
Ángel, de 37 años,
parecía joven para ser dueño de una finca, pero es emprendedor. Había trabajado
en esta finca cuando el propietario era un sacerdote local, quien se mostró
impresionado por su ética de trabajo y le vendió la tierra. Su esposa, Mónica,
fue a la cocina y regresó con vasos de limonada recién hecha con panela, una
forma de azúcar mascabada. Ángel explicó que la panela también puede usarse
para preparar el café chaqueta, que se sirve cuando hace frío o para darles a
los recolectores de café una inyección de energía para los campos.
La cena familiar fue de frijoles, plátanos y
chicharrón, esta vez acompañados de tiras de res, rebanadas de aguacate recién
cosechado y arepas. Fue familiar pero gratificante, y mejor que cualquiera de
las comidas que me dieron en los restaurantes del pueblo. Mientras cenábamos,
Ángel explicó que su finca está certificada por Rainforest Alliance y sus granos
están clasificados como de especialidad. La cooperativa en Jardín tiene un
laboratorio entero dedicado a envasar y clasificar granos en cuanto se entregan.
Un coche cargado de gente y provisiones
Mientras la esposa de
Ángel recogía los platos, pregunté si podía seguirla a la cocina para ver cómo
preparaba el café. Me sonrió: “Sí”.
Preparar café es un
proceso rústico y un ritual. Primero, calentó un litro de agua en una olla en
la estufa de gas hasta que comenzaron a formarse burbujas en el fondo. Después
le puso cinco cucharadas de café molido a la olla, apagó el gas y dejó que se
asentara durante cinco minutos. “Silencio”, dijo. Mientras tanto, enjuagó
cuatro tazas en agua caliente para que el cambio drástico de temperatura —si la
bebida entrara a una taza fría— no impactara al café. Finalmente, lo sirvió a
través de un pequeño colador en cada copa. Era una hermosa infusión oscura con
un ligero halo de espuma café en los bordes.
De regreso en la mesa del comedor, sorbí y me
quedé sorprendido por una simple taza de café por tercera vez ese día: tanta
fuerza, tan rico, pero sin rastro de amargura. Pregunté qué hacía único a este
café. Ángel y Hernández me lo explicaron.
El
linaje cafetalero de Ángel data de tres generaciones, y él tuvo la idea de
cultivar la misma variedad de granos que cultivó su abuelo hace 100 años… una
suerte de café patrimonial. Sin embargo, no podían encontrar esas semillas; la
cooperativa solo vende variedades modernas de café. Así que Ángel fue a cazarla
a fincas abandonadas que habían sido destruidas por la crisis de los precios
del café. En una encontró la vieja variedad de la generación de su abuelo.
Todos en el pueblo creyeron que Ángel estaba
loco por plantar granos que sacó de barbechos, pero su café patrimonial está
ganando adeptos. Lo vende con el nombre Pajarito, porque ve a muchas aves entre
los arbustos donde se cultiva este café.
Un campesino colombiano con su caballo
“Veo
una oportunidad en el café”, me dijo Ángel. Esa es una gran declaración, dado que
muchos de sus compañeros agricultores de café en todo Colombia están
abandonando fincas y buscando empleos en las grandes ciudades. “Es la tradición
de esta familia”, dijo Ángel. “Es lo que hacemos”.
Ángel
y su esposa se reunieron con sus hijos en la terraza para despedirse mientras
Hernández y yo nos adentrábamos a la noche. El aire zumbaba con insectos que
cantaban un coro nocturno y ferviente. Un rocío de luces blancas, como
estrellas parpadeantes, brilló en el bosque oscuro ante nosotros.
Cuando
llegamos con la luz de día, el follaje era tan espeso que no podía ver más allá
de los árboles. Pero ahora me daba cuenta de que esas estrellas eran las luces
de las terrazas de las fincas en la siguiente cadena montañosa; cada luz era un
hogar como este.
Era un recordatorio de
que el café es un asunto familiar. Si te detienes, tomas un sorbo y disfrutas
el sabor, puedes probar la seria labor y las vidas dedicadas al café.
Imágenes de Federico Rios Escobar
Compendio y Edición, LGChiriboga